La boda de Digna y Pedro, tan esperada y cuidadosamente preparada, no podía tener un telón de fondo más inquietante. A medida que los invitados llenan la iglesia con sonrisas, aplausos y buenas intenciones, una sombra se cierne sobre el ambiente festivo. Marta está nerviosa, inquieta. Fina, que la observa desde lejos, se le acerca con una mirada que lo dice todo: algo no va bien.
—Marta, ¿qué está pasando? —le pregunta, en voz baja, con una mezcla de ansiedad y urgencia—. ¿Dónde están Luz y Begoña?
Marta, visiblemente alterada, no tiene respuestas. Solo puede articular lo que todos están empezando a intuir: debe haber pasado algo grave. Es imposible que hayan faltado a la boda sin una razón poderosa. Fina asiente, enmudecida por la preocupación, mientras su mirada busca entre los rostros familiares una señal, un indicio, algo que disipe la creciente angustia.
Justo en ese instante, Pelayo señala con la mano a lo lejos. Es Luis, que acaba de llegar. Marta no pierde un segundo y corre hacia él:
—¡Luis! ¿Dónde están los demás? ¿Dónde está Luz? ¿Y Begoña?
Luis, aún sin aliento, apenas puede pronunciar palabra. Joaquín se le suma, visiblemente alterado:
—¡Esto no se hace, Luis! ¡Tu madre está muy preocupada!
Gema también se acerca, la tensión en su voz es evidente:
—¿Y Luz? ¿Dónde está Luz?
Luis se ve rodeado por preguntas y caras tensas, pero antes de que pueda ofrecer una respuesta, la iglesia estalla en vítores: los novios han salido. Digna y Pedro, radiantes, son recibidos con alegría, lluvia de cuentas de colores y abrazos efusivos. Durante unos momentos, la felicidad borra todo lo demás.
Carmen felicita a Digna con ternura, y Fina, emocionada, le dice con lágrimas en los ojos:
—Nunca he visto una novia más guapa.
Digna, con una sonrisa luminosa pero un toque de melancolía, confiesa que no ha podido dejar de pensar en sus padres fallecidos. Fina la toma de la mano:
—Tranquila… ellos están contigo, Digna. Siempre.
En medio del torbellino de emociones, aparece Claudia. Su presencia sorprende a muchos, incluida la propia Digna, que se funde con ella en un abrazo cálido, sincero, reparador. Ambas saben que ese momento no es fácil.
—Tenía que venir —le dice Claudia—. Para poder sobrellevar el día.
Pedro también la recibe con cariño. Claudia, con la voz quebrada, lo felicita. Él, visiblemente conmovido, le responde con el corazón en la mano:
—Nuestro hijo fue muy feliz contigo… Siempre fuiste su gran amor.
Una frase que corta el aire. Una confesión que deja a Claudia paralizada, con los ojos húmedos. Es un momento de esos que cicatrizan, pero que también duelen.
Pero la calma es efímera. El silencio incómodo vuelve cuando Digna, sin perder más tiempo, lleva a Luis aparte. Su rostro ya no puede disimular el miedo:
—Luis, dime la verdad. No están Luz, ni Andrés, ni Begoña. ¿Qué ha pasado? ¿Le ha pasado algo a Damián?
Luis niega con la cabeza, pero su expresión es grave. Muy grave.
—No es Damián —dice—. Es María.
Digna se queda sin palabras. Luis baja la mirada, respira hondo, y suelta la noticia:
—Sufrió un accidente muy grave. La barandilla de la escalera cedió… y cayó desde el piso de arriba.
Digna no puede reaccionar. Su cuerpo se congela. Alrededor, los murmullos cesan. Marta, Fina, Joaquín, todos escuchan. Todos se paralizan. Luis continúa, tratando de mantener la compostura:
—La caída fue muy fuerte. No sabemos aún las consecuencias exactas… pero es muy serio.
El impacto es inmediato. La alegría de la boda se desvanece como un espejismo. En su lugar, la angustia, el miedo, el desconcierto. Fina se lleva las manos a la boca. Marta no puede dejar de mirar a Luis, esperando que diga que es una exageración, que todo está bajo control. Pero no lo hace.
La imagen de María, frágil y vulnerable, cayendo por esas escaleras, se clava en la mente de todos. Y entonces, surge la pregunta inevitable: ¿Dónde están Luz y Begoña?
¿Por qué no han venido? ¿Qué vieron? ¿Qué saben? ¿Están con María? ¿Están bien?
La boda de Digna, que debía ser un punto de inflexión hacia la felicidad, se convierte en el preludio de un nuevo drama que amenaza con arrasarlo todo. Porque lo que ha ocurrido no es solo un accidente… puede ser el principio de una nueva tragedia.
Y lo más inquietante de todo es que aún no sabemos toda la verdad.
No te pierdas el próximo capítulo de Sueños de libertad, donde cada celebración puede esconder un abismo, y cada abrazo puede ser la despedida antes del caos